Teherán no enamora a primera vista: es enorme, caótica, con un tráfico de locos y distancias que se comen los días — lo aprendimos a base de suelas la primera tarde. Pero le dimos dos tandas, a la llegada y antes de volar de vuelta, y se ganó su hueco. La clave es asumir que no es una ciudad de monumentos sino de contrastes: el sur del bazar y el norte de la montaña parecen dos países distintos.

El sur: Golestán, el Gran Bazar y los museos

El palacio Golestán, Patrimonio de la Humanidad, es la visita clásica: interesante, con sus salas de espejos y azulejos, aunque nos pareció poco cuidado para lo que es. Al lado, el Gran Bazar es una ciudad dentro de la ciudad; nosotros lo pillamos dos veces, una en plena ebullición y otra atrancando las puertas para cerrar una semana entera por el Muharram.

En la calle de nuestro hotel estaba el Museo Nacional, con menos piezas de las que esperas pero algunas muy buenas, como la reproducción del Código de Hammurabi. Y muy cerca, el parque Shahr, perfecto para un picnic de bocatas de falafel entre oficinistas. La otra visita del sur la contamos hace años: los muros de la antigua embajada de EEUU, con sus grafitis antiamericanos.

El norte: Sa'dabad y la montaña

La línea 1 de metro sube hasta Tajrish, la puerta del Teherán rico. Desde allí visitamos el complejo de Sa'dabad, el conjunto de palacios y museos del último sha entre bosques: compramos entradas para el palacio Verde y el Blanco, interesantes sobre todo como retrato de un nivel de lujo desconectado de todo — viéndolos se entiende bastante mejor la revolución.

El otro plan del norte es la montaña: la base de Tochal, a un paseo de 2,5 km desde la entrada del parque. Queríamos subir en el telecabina, pero la capa de polución y bruma que cubría Teherán nos quitó las ganas: no se veía nada. Aun así el paseo mereció la pena, y a la vuelta, bajando a pie hasta Tajrish, comimos pollo asado de mercado. En días claros de invierno, con nieve en las cumbres, tiene que ser otra historia.

Los cafés de Taleghani

Nuestro descubrimiento favorito fue la zona de la calle Taleghani y el Artist Forum: cafeterías con sofás y buena música, estudiantes, batidos de café y representaciones callejeras del Muharram en la puerta de un centro de artistas. El Teherán joven que no sale en las noticias. Unos estudiantes nos confirmaron lo que ya intuíamos: por esa zona hay muchos más cafés escondidos.

En lo práctico: el metro es barato, fácil y la mejor arma contra el tráfico — y nos regaló una de las historias más bonitas del viaje, la del guía improvisado que hizo cinco trasbordos con nosotros solo para acompañarnos. La ruta completa del viaje, en el itinerario de 16 días, y el retrato completo del país, en nuestro libro Irán, lugar de vacaciones.