El barbero del aeropuerto de Shiraz en plena faena, con Ruth reflejada en el espejo haciendo la foto
Foto: Ruth Carrasco

Hay decisiones de viaje que se toman por aburrimiento y acaban siendo un capítulo de la libreta. La del barbero del aeropuerto de Shiraz es una de ellas.

Viajamos a Irán en octubre de 2015. Los lugares siguen ahí, pero los precios, horarios y datos prácticos son de aquel viaje.

Era nuestra última mañana en el sur. Volábamos a Teherán a mediodía, el aeropuerto de Shiraz estaba a un cuarto de hora del hotel y llegamos con tiempo de sobra. Facturación hecha, nada que hacer. Y entonces lo vi: un barbero. En el aeropuerto. Con su sillón, sus espejos y su cara de estar esperándome a mí, con dos semanas de viaje encima de la barba.

Me senté sin saber muy bien qué había pedido, que es como se piden las mejores cosas en Irán. Y empezó el espectáculo. Corte de pelo. Navaja. Toallas. Cremas que no sabría nombrar. Masaje de cabeza, de cara, de cuello. Más cremas. Repaso de navaja. Aquel hombre me hizo mil cosas, algunas por duplicado, con una concentración de cirujano y sin que compartiéramos una sola palabra de idioma común. Ruth e Íñigo, mientras tanto, hacían turnos entre la sala de espera y la puerta de la barbería, entre la risa y la incredulidad, viendo cómo aquello no se acababa nunca.

Cuarenta y cinco minutos. Tres cuartos de hora de barbero para un vuelo de una hora y cuarto. Cuando por fin me soltó, me miré al espejo y no me reconocí del bien que estaba: afeitado de estreno, pelo de boda, la piel nueva. Prefiero no pensar en la roña de dos semanas de mochila que salió de aquel cuello.

Luego llegó la cuenta: unos 25 euros. En el Irán de 2015, donde cenábamos los tres por 15, era un precio de escándalo, la tarifa "aeropuerto + turista" en todo su esplendor. Me dio exactamente igual. Hay clavos que se pagan contentos, y salí de allí como nuevo, oliendo a colonia desconocida, directo a un control de seguridad donde el policía me miró con más aprobación que el pasaporte.

El vuelo a Teherán fue perfecto y hasta nos dieron de comer. Pero de aquella última mañana en Shiraz, lo que quedó en la libreta no fue el vuelo: fue el barbero. Los viajes se acaban recordando así, por las mil cosas que te hace un señor con navaja mientras tus amigos se ríen al otro lado del cristal.

Más historias pequeñas de aquel país enorme, en Lo mejor de Irán: su gente y en nuestro libro Irán, lugar de vacaciones.