Yazd, la ciudad de adobe del desierto iraní
Yazd fue el cambio de paisaje del viaje: después de las plazas y palacios de Isfahán, cinco horas de autobús nos dejaron en una ciudad de adobe en mitad del desierto, con un casco viejo de callejuelas del mismo color de la tierra donde perderse es parte del plan. Y con una obsesión que lo explica todo: el agua.
Viajamos a Irán en octubre de 2015. Los lugares siguen ahí, pero los precios, horarios y datos prácticos son de aquel viaje.
Perderse por el casco viejo
Lo mejor de Yazd no tiene entrada ni horario: es callejear. Paredes de adobe, pasadizos cubiertos, puertas con dos llamadores distintos y silencio a según qué horas. Nosotros llegamos además en plenos preparativos del Muharram, con banderas negras por todas partes y puestos donde regalaban té a los que pasábamos, incluso té de azafrán. La mezquita Jameh, con el pórtico más alto de Irán y sus azulejos azules sobre el adobe, es la reina del barrio y por dentro nos pareció preciosa.
De la ruta clásica también visitamos la Alexander Prison, una antigua madraza convertida en centro de artesanía, y el show de gimnasia tradicional bajo las cuatro torres del viento de la plaza Amir Chakhmaq. Siendo honestos: curioso, pero un espectáculo para turistas bastante flojo. Se puede pasar sin él.
Las torres del viento y el agua
La postal de Yazd son los badgirs, las torres del viento que sobresalen de los tejados. Son aire acondicionado del siglo XV: capturan cualquier brisa y la canalizan hacia las habitaciones. Al atardecer, desde cualquier terraza, se ven decenas y entiendes que esta ciudad lleva siglos ganándole la partida al desierto.
La otra mitad del invento está bajo tierra. En el museo del agua se explica cómo excavaban pozos y túneles, los qanats, para encontrar agua y llevarla a kilómetros de distancia hasta la ciudad y los campos. Es de las visitas más interesantes que hicimos, de las que te cambian cómo miras todo lo que ves después.
Los atardeceres desde las terrazas
El plan de cada tarde en Yazd es fijo: buscar una terraza antes de que caiga el sol. Nosotros encontramos una cerca del hotel donde pagamos una entrada simbólica, nos pedimos algo y empezó el acribille de fotos: los tejados de adobe, las cúpulas, los badgirs y las montañas del desierto al fondo poniéndose naranjas. Al día siguiente buscamos otra terraza distinta solo para tener otra perspectiva. Merece la pena las dos veces.
Comer en Yazd
En Yazd probamos cosas nuevas casi cada noche: el fesenjún, un guiso de salsa de nuez y granada que nos decepcionó un poco, y en cambio dos aciertos enormes en el restaurante del Silk Road Hotel: tas kebab e shotor, carne de camello guisada, y kashk-e bademjun, una crema de berenjena y especias deliciosa. Cenar en esos patios con estanque, alfombras y las estrellas encima es media experiencia de Yazd.
Desde Yazd hicimos también la excursión a Chak Chak, Kharanaq y Meybod, la ruta zoroastrista por el desierto, que os contamos en artículo aparte. Toda la ruta está en nuestro itinerario de 16 días, los números en el presupuesto y la historia completa en el libro Irán, lugar de vacaciones.