Lo primero que pensé al pisar Teherán, deformación de corredor, fue: aquí no voy a poder correr. Todo el mundo iba cubierto, nadie enseñaba las piernas, y salir en pantalón corto parecía directamente una provocación. Lo apunté en la libreta el segundo día del viaje, medio resignado. Me equivocaba solo a medias: en Irán se puede correr — pero con pantalón largo.

Viajamos a Irán en octubre de 2015. Los lugares siguen ahí, pero los precios, horarios y datos prácticos son de aquel viaje.

Kashan: 8 kilómetros entre adobes

El primer intento fue en Kashan, al caer la tarde, después de un día de casas señoriales y jardines. Pantalón largo, camiseta y a la calle. Ocho kilómetros por avenidas que se iban vaciando, cruzándome con vendedores cerrando puestos y con más de una mirada de sorpresa educada: por allí no debía pasar un turista trotando todos los días. Nadie me dijo nada. En Irán nadie te dice nada — como mucho te saludan.

Isfahán: 10 kilómetros por un río sin agua

Equipado para correr con pantalón largo, de noche, en el patio de la casa tradicional de Kashan
Foto: Ruth Carrasco

Lo aprendido, por si te llevas las zapatillas

La experiencia se resume rápido. Primero: pantalón largo siempre, por respeto y por no montar el espectáculo — con el calor seco de octubre se lleva mejor de lo que parece. Segundo: mejor al anochecer, cuando baja el sol y las calles y parques se llenan de vida local. Tercero: los parques fluviales y avenidas anchas son tus amigos; el centro de Teherán, con su tráfico y su acera imposible, no lo es. Y cuarto: para las mujeres las reglas del juego son otras y más estrictas — Ruth ni lo intentó, y esa diferencia también retrata al país.

De todas las formas de romper prejuicios que probamos en aquel viaje, pocas tan simples como esta: ponerte las zapatillas y descubrir que en el país del que todos te advertían puedes salir a correr de noche, solo, y volver al hotel con la única preocupación de las agujetas. Más historias de aquel viaje, en nuestro libro Irán, lugar de vacaciones.