Qué ver en Isfahán, la ciudad que es medio mundo
"Esfahan nesf-e yahan", dicen los iraníes: Isfahán es medio mundo. Llegamos con la idea de quedarnos dos noches y acabamos quedándonos cuatro, algo que no hicimos en ninguna otra ciudad del viaje. Preciosa, tranquila y con tanto que ver que da para varios días sin prisas. Esto es lo que no nos dejaríamos fuera.
Viajamos a Irán en octubre de 2015. Los lugares siguen ahí, pero los precios, horarios y datos prácticos son de aquel viaje.
La plaza Naqsh-e Jahan
La primera vez que entramos en la plaza del Imán, Patrimonio de la Humanidad, no sabíamos si habíamos visto alguna vez una plaza tan grande. Y seguimos sin tenerlo claro. Medio kilómetro de largo rodeado de arcadas, con dos mezquitas monumentales, el palacio Ali Qapu y la entrada al gran bazar, familias de picnic en el césped y coches de caballos dando vueltas.
Un consejo práctico: la oficina de turismo está justo debajo del palacio Ali Qapu, enfrente de la venta de entradas, cuesta un poco dar con ella y tienen mapas turísticos en castellano.
De las dos mezquitas de la plaza, la que nos enamoró fue la pequeña, la de Sheij Lotfolá, la del lateral. Nos costó tres intentos pillarla abierta y mereció cada uno: la cúpula color crema que cambia de tono según la luz y la sala principal son de lo más bonito que vimos en Irán. El palacio Ali Qapu estaba en obras, pero la vista de la plaza desde su terraza sigue valiendo la entrada.
La mezquita del Viernes en plena oración
La mezquita Jameh, la del Viernes, está a un paseo desde la plaza siguiendo el bazar, y es un catálogo de casi mil años de arquitectura persa. Nosotros llegamos justo cuando empezaba la oración y vivimos uno de los momentos del viaje: nos dejaron quedarnos dentro, entre los fieles, haciendo fotos y vídeos con total naturalidad. En muy pocos países te dejan asomarte tan de cerca a su religión.
Los palacios de los parques
Del resto de palacios, el que merece la pena es el Chehel Sotun, el de las cuarenta columnas, con su estanque y unas pinturas murales chulísimas de banquetes y batallas. El de Hasht Behesht se ve casi entero desde el parque sin pagar entrada, así que nos la ahorramos; el parque en sí mola mucho.
Los puentes de un río seco
El río Zayandeh es el alma de Isfahán, con sus puentes históricos como el Khaju y el Si-o-se-pol. Nos lo encontramos completamente seco, ni una gota de agua, y aun así la zona es de las más agradables de la ciudad: parques enormes, familias merendando y mucha juventud pasando la tarde bajo los arcos. Una pena que el gobierno cerrara las teterías que había bajo los puentes, tenían que ser un lujo.
El barrio armenio y los pequeños placeres
Al otro lado del río está Jolfa, el barrio armenio, con la catedral Vank y un ambiente totalmente distinto, de cafeterías y tiendas; da para artículo propio. Y entre visita y visita, los detalles que hacen ciudad: el bazar donde acabamos comprando pañuelos, aprender los números persas para leer los precios, y el famoso helado de Isfahán, que pedimos con zumo de zanahoria porque lo pedía todo el mundo y está de muerte. Repetimos el último día de despedida.
Isfahán fue la ciudad donde decidimos romper el itinerario para quedarnos más, y eso lo dice todo. Tenéis la ruta completa en el itinerario de 16 días por Irán y mucho más sobre el país en nuestro libro Irán, lugar de vacaciones.