Este viaje lo planificamos al revés. La ruta de la esclavitud iba del interior de África hacia el mar; nosotros la hicimos del mar hacia el interior, de Dakar al corazón de Gambia, buscando los lugares donde se recuerda lo que pasó. Porque esa es la primera sorpresa: aquí se recuerda. Senegal y Gambia han convertido su herida en un mapa de memoria que se visita, se explica y se enseña a los hijos. En España, que se enriqueció con aquel negocio, cuesta encontrar una placa que transmita esa memoria.

Gorée y la puerta del no retorno

A la isla de Gorée se llega en veinte minutos de barco desde Dakar. Es pequeña, bonita, de callejuelas de colores que engañan. El plato fuerte es la Maison des Esclaves y su puerta del no retorno, el hueco al mar por el que los esclavos embarcaban hacia América después de ser vendidos, para no volver jamás.

Fuimos en el primer barco de la mañana y llegamos antes que nadie. Tuvimos la casa vacía unos minutos y hasta pude abrir la puerta del no retorno. Ver esto es duro de verdad, por mucha cámara que lleves como escudo.

Puerta del no retorno en la isla de Goree
Puerta del no retorno en la isla de Goree

Janjanbureh: las celdas y el árbol de la libertad

Dos semanas después, en el interior de Gambia, llegamos a Janjanbureh, una isla en el río a cinco horas de la costa. Allí se visitan las slave houses, los calabozos donde encerraban a los secuestrados antes de bajarlos en barco hasta el mar. Dentro se cuenta lo que pasaba: los agujeros del techo por los que arrojaban la comida, las cadenas, la espera de una semana o un mes hasta que llegaba el barco, la selección de las personas por el peso, por la dentadura, por el pecho. Preguntamos por la autenticidad del edificio, porque hay historiadores que la discuten, y el guía lo reconoció sin problema. El sitio no duele menos por eso.

A unos metros está el Freedom Tree, el árbol de la libertad. La regla que contaban era simple: quien lograra escapar del mercado, correr y tocar el árbol, quedaba libre. El guía no lo adornó nada. Era un juego, un entretenimiento para los tratantes, que tenían perros y armas y disparaban a las piernas. Y quien llegaba tampoco ganaba lo que la palabra promete, porque quedaba libre de aquel sitio pero no libre de marcharse: libre para trabajar para los blancos.

Slave houses en Janjanbureh
Slave houses en Janjanbureh

Juffureh, Albreda y la isla que se come el río

El último capítulo lo hicimos en barco desde Banjul: Juffureh y su pequeño museo de la esclavitud, que merece mucho la pena; Albreda con su monumento Never Again; y al final, en mitad del río Gambia, la isla Kunta Kinteh.

Llegando en barca a Kunta Kinteh Island, antigua James Island
Llegando en barca a Kunta Kinteh Island, antigua James Island

En Albreda hay un mástil blanco plantado frente al agua, y su historia es de las que no se olvidan. Cuando se prohibió la trata, en la isla quedaban cautivos. Les dijeron que la esclavitud había terminado, que no podían devolverlos con sus familias y que quien fuera capaz de nadar los tres kilómetros que separan la isla de aquel mástil sería libre. No lo consiguió ninguno, se ahogaron todos. Nuestro guía añadió su propia lectura: si de verdad hubieran querido liberarlos, habría bastado con llevarlos a tierra firme.

Dos sitios separados por cientos de kilómetros de río y el mismo molde: un árbol que hay que tocar, un mástil hasta el que hay que nadar. La libertad convertida en una prueba diseñada para no superarse.

La isla acumula capas. Los portugueses llegaron en 1456 y le pusieron el nombre de un marinero suyo, Andrew, que murió allí y fue el primer cristiano enterrado en Gambia. En 1651 la ocupó el ducado de Curlandia, en la actual Letonia. En 1661 la tomaron los ingleses y la rebautizaron James Island. Y enfrente, en Albreda, los franceses montaron su enclave en 1681. Durante más de un siglo, un puesto inglés y otro francés se vigilaron a tres kilómetros de distancia mientras los dos traficaban con personas.

Hasta 2011 se llamaba James Island. La rebautizaron por el personaje de Raíces, el libro y la serie de los setenta que hicieron que millones de descendientes de esclavos pusieran nombre a su historia. La televisión superando a la realidad.

De la fortaleza que fue el último suelo africano que pisaban los esclavos queda una sexta parte, y el río se la sigue comiendo a razón de un metro por estación de lluvias, contenido a duras penas con escolleras. Se ve en veinte minutos. Y sin embargo es el lugar del viaje que más cuesta olvidar, porque lo que cuenta el guía no se sostiene en las piedras sino en lo que fuimos capaces de hacer: tratar a seres humanos como si fueran menos que animales.

Monumento NEVER AGAIN en Albreda
Monumento NEVER AGAIN en Albreda

Antes de volver pasamos por la estatua Never Again, en Albreda: un hombre con las cadenas rotas. El guía la explicó sin rodeos. Las cadenas en blanco y negro son la esclavitud que terminó, y el mapa del mundo que la acompaña es la que no terminó, la trata de personas de hoy. Habló de quienes cobran a otros por prometerles un buen trabajo en Europa. Estábamos en el mismo río del que salen ahora los cayucos, escuchando a un guía gambiano cerrar el círculo él solo.

La otra orilla de la memoria

En Senegal y Gambia esta historia se expone. Se paga una entrada, se escucha a un guía, se llevan escolares. Se puede discutir el envoltorio turístico, pero la memoria está ahí, activa. De este contraste con España, donde esa misma historia se oculta, nació el proyecto fotográfico que me llevé a este viaje y que cuento en otro artículo.

Este viaje empezó como un intento de prenderles fuego a los prejuicios. Esta ruta le añadió otra tarea: traer de vuelta un poco de memoria.