Yazd es la capital del zoroastrismo en Irán, la religión persa anterior al islam, y desde allí sale una de las excursiones más curiosas que hicimos en todo el viaje: Kharanaq, Chak Chak y Meybod, tres paradas en pleno desierto que se hacen en un día. La contratamos con un taxista desde el hotel: salida a las 8:30 y unos 38 euros por el coche completo para dos o tres personas.

Viajamos a Irán en octubre de 2015. Los lugares siguen ahí, pero los precios, horarios y datos prácticos son de aquel viaje.

Kharanaq, el pueblo abandonado

La primera parada es Kharanaq, un pueblo de adobe de más de mil años que se fue quedando vacío cuando construyeron el pueblo nuevo justo al lado. Se puede pasear entre las casas derruidas, subir al minarete y asomarse a los barrancos. Lo que más nos llamó la atención es el contraste: toda la zona es un desierto absoluto y de repente, en el pueblo, aparecen huertos verdes. Por el camino se ven las excavaciones de los qanats, los pozos con los que llevan siglos sacando agua de debajo del desierto.

Chak Chak, la meca del zoroastrismo

Chak Chak es un pequeño santuario excavado en mitad de la pared de una montaña, el lugar más sagrado del zoroastrismo. Para llegar arriba hay que subir una santa cuesta y unos 170 escalones, pero las vistas del desierto compensan. Dentro se mantienen tres fuegos encendidos, el elemento sagrado de esta religión, y una imagen de Zoroastro.

Lo más curioso es que el sitio está vacío casi todo el año. Solo se llena del 14 al 18 de junio, durante la gran fiesta de los zoroastristas, y esos días la policía prohíbe la entrada a musulmanes, cristianos y turistas. ¿El motivo que nos contaron? Que durante la celebración los fieles pueden beber alcohol, algo prohibido en la República Islámica, y ese permiso no sale del recinto.

Meybod: un castillo milenario, hielo en el desierto y palomas

La última parada es Meybod, a unos 50 kilómetros de Yazd. Tiene un castillo de adobe del que dicen que acumula unos 4.000 años de historia; está bastante hecho polvo, pero merece la pena verlo. Enfrente hay un caravasar muy remodelado y, justo al lado, la joya de la visita: una nevera del desierto.

El invento es brillante. Fuera del edificio hay dos pequeñas piscinas donde el agua se congelaba en las noches de invierno; rompían el hielo, lo metían en un hoyo enorme cubierto por una cúpula de adobe de dos metros de grosor, y allí aguantaba hasta el verano. Hielo en mitad del desierto sin electricidad. Al lado se visita también un palomar restaurado con capacidad para miles de palomas, que criaban para usar sus excrementos como abono. Nada se desperdiciaba.

De vuelta en Yazd

Sobre las dos de la tarde estábamos de vuelta, con tiempo para comer un bocadillo de falafel y encontrarnos por el camino uno de los teatrillos del Muharram que se preparaban esos días por toda la ciudad. La excursión es de las que se quedan: en medio día ves una religión milenaria que sigue viva, un pueblo fantasma y cómo se las ingeniaba esta gente para vivir en uno de los desiertos más duros del planeta.

Todos los números del viaje están en nuestro presupuesto de Irán, y la historia completa en el libro Irán, lugar de vacaciones.