Lovina es un pueblo de la costa norte de Bali, famoso por las salidas en barca para ver delfines al amanecer y por tener bastante menos turismo que el sur de la isla. Nosotros llegamos ahí buscando exactamente eso, dos días sin hacer nada después de la paliza del Bromo, y salimos con la sensación de que fue la mejor decisión logística del viaje.

Viajamos a Indonesia en septiembre de 2024, con un cambio medio de 17.000 rupias por euro.

Cómo acabamos en Lovina

Nos lo recomendó Chichi, una chica que conocimos en Yogyakarta, y la razón de peso fue la distancia: desde el puerto de Gilimanuk, donde te deja el ferry que llega de Java, Lovina está a dos horas, y Ubud o el sur de la isla a cuatro o cinco.

Después de dos días seguidos de excursión, un madrugón a las dos y media y el estómago revuelto, esas dos horas de diferencia se agradecen mucho.

Dos días sin hacer nada, que también es viajar

Cogimos una habitación grande con terraza, piscina con hamacas y desayuno incluido, y en cuanto la vimos ampliamos una noche más por 300.000 rupias, unos 18 euros. Dejamos ropa a lavar a 10.000 rupias el kilo, que es el precio normal en todo el país, y nos pasamos la primera mañana entre la piscina, la tumbona y el diario.

El desayuno era banana pancake, fruta y café balinés, aunque con el café de Indonesia sigo sin entenderme.

Al mediodía, paseo por el paseo marítimo, un té, unas gambas a la plancha y unas cervezas. Yo todavía andaba flojo y tenía que ir con cuidado con lo que comía, pero por la noche ya me animé con un pescado y sentó bien. Al día siguiente probé el mahi mahi a la brasa, que está bien pero es un pescado sin mucho sabor y sin mucha gracia.

Las cataratas de Gitgit

El segundo día alquilamos una moto en el propio hotel por 75.000 rupias al día, unos 4,40 euros, que es la forma de moverse por aquí.

Las cataratas de Gitgit están a unos 45 minutos por carretera de montaña. Desde el aparcamiento hay un paseo de diez o quince minutos y son bastante bonitas. La clave es ir a primera hora, que fue lo que hicimos: no había casi nadie.

El templo budista de Brahmavihara

Otra hora de moto desde Gitgit y se llega al Brahmavihara Arama, un monasterio budista en un alto. Es más grande de lo que esperábamos, está muy tranquilo y tiene vistas al valle.

En una isla donde se ven templos hinduistas cada doscientos metros, entrar en uno budista descoloca un poco, y por eso mismo merece la parada.

Conducir por el norte de Bali

El tráfico es menos locura que en las ciudades, pero hay dos cosas a las que acostumbrarse. La primera, que se conduce por la izquierda. La segunda, y esa es la de verdad, que los coches adelantan invadiendo tu carril de frente con total normalidad, así que hay que ir mirando lo que viene y dejar sitio.

Los delfines que no vimos

El plan era levantarse a las seis de la mañana para intentar ver los delfines desde la playa, sin pagar barca. No sonó el despertador. Nos dimos cuenta a las 6:18, nos pareció tarde y nos volvimos a dormir.

Así que de los famosos delfines de Lovina no os puedo contar nada. Sí os puedo decir que las barcas salen muy temprano y que se ven todos los días desde el paseo, saliendo en fila.

La lección que nos llevamos de aquí

Fue en Lovina donde decidimos que a partir de ese momento haríamos dos o tres noches por parada como mínimo, después de echar la cuenta de lo que estábamos tardando en los traslados: 240 kilómetros y seis horas del Bromo al puerto, 75 kilómetros y dos horas del puerto a Lovina.

También fue aquí donde descartamos la isla de Flores y Komodo, que estaban en la lista inicial, y decidimos ir a Lombok y las Gili. Menos kilómetros y más días en cada sitio.

Y una tarde nos quedamos en la terraza de la habitación con el bocadillo de jamón serrano que llevamos en todos los viajes, dos cervezas de la nevera y un par de donuts del súper, con la piscina ahí al lado.