El día que Yakarta nos rodeó de niños
Casi nadie se queda en Yakarta. La mayoría de los viajeros aterriza, cambia de terminal y se va a Bali o Yogyakarta el mismo día. Nosotros le dimos dos días enteros y resultó ser el mejor del viaje, aunque no lo dijera ninguna guía.
Viajamos a Indonesia en septiembre de 2024.
Empezamos donde empieza todo el mundo que sí se queda: la plaza Taman Fatahillah, la zona de edificios coloniales holandeses donde estuvo el antiguo ayuntamiento. Llegamos en autobús y no habíamos terminado de bajarnos cuando ya nos estaban pidiendo la primera foto. Esta zona se puede visitar en cualquier momento, siempre hay ambiente, tanto por las mañanas como por las tardes, y los fines de semana hay espectáculos en la plaza y en las calles que la rodean, es un gran sitio para ver la vida de Yakarta.
Funciona así. Un grupo de chicas te mira, cuchichea, y no se atreve. Cuando una se lanza, vienen todas. Y detrás de ese grupo viene otro. En un rato posamos más veces que en todo el resto del viaje junto, y un grupo de diez o doce estudiantes nos grabó una entrevista en inglés para clase, con sus preguntas preparadas y todo.
No había pasado ni media hora y la amabilidad indonesia estaba a flor de piel, como las sonrisas. Aquí sí que es fácil hacer fotos a la gente.
Ellos están encantados de practicar, tú estás encantado de que alguien te hable y por el camino te enteras de cosas. Nos costó entender por qué llamábamos tanto la atención hasta que nos dimos cuenta de una cosa: en Indonesia hay muchísimo turismo, pero es interno y asiático. Como no ves occidentales, te da la sensación de que no hay turistas.
La plaza tiene vida todo el día. Puestos de comida, museos, comercios, y la costumbre local de alquilar una bici holandesa con una pamela de colores y dar vueltas por la explanada. Comimos allí varias cosas, nos sentamos a ver pasar la tarde y hasta nos cruzamos con una procesión de la que seguimos sin saber nada, salvo que se dejaron fotografiar encantados.
El barrio del canal
Google Maps marcaba Kota Tua, al norte de la plaza y pegado al puerto, como zona muy concurrida. Fuimos a ver qué era eso y entendimos el aviso enseguida: es un barrio de casas apretadas con una densidad de población enorme.
Fue el paseo que nos quedó grabado. Los niños iban saliendo a nuestro paso, gritando «Indonesia» y «Palestine will be free», nos seguían, nos hablaban, y los adultos se reían de la escena desde las puertas. No sabíamos muy bien cómo comportarnos porque nuestro paseo iba casi por dentro de sus casas en algunos momentos, pero nadie se molesta.
Salimos por el norte buscando el mar y no lo encontramos. Del puerto de Yakarta no se ve el agua: naves industriales, contenedores, montañas de material de construcción y grúas.
De la zona del puerto bajamos siguiendo el canal, que al principio va lleno de basura, literalmente lleno, con unas pequeñas esclusas que la van recogiendo. Mejora según se avanza y llega a ser muy bonito al pasar por el antiguo puente levadizo Jembatan Kota Intan, pero la pobreza de las orillas es dura de ver y no tiene sentido contarla de otra manera.
Y la noche
Cruzamos el barrio chino de Glodok creyendo que se animaría de noche, y nos equivocamos de medio a medio: Glodok es de día, por la noche está cerrado. Lo salvamos en Petak Enam, una especie de mercado de comida cubierto con puestos que funcionan como restaurantes, mesas compartidas, música en directo y unos ventiladores gigantes que se agradecen mucho.
Volviendo a coger el autobús nos metimos sin querer en otra barriada, con toda la gente en la calle después del trabajo, cenando, hablando o jugando. Al final de la calle había un tramo alfombrado con hombres y mujeres preparados para el rezo, y unas señoras que cenaban sentadas en el suelo nos indicaron con una sonrisa que nos desviaramos por un callejón para no molestar.
Ese callejón medía veinte metros y parecía que estabas dentro de las casas. A mitad de camino, dos o tres niñas se pusieron a hablar con Ruth y en diez segundos teníamos veinte niños alrededor gritando y pidiendo fotos.
Era de noche, en un barrio angosto que no conocíamos de nada, y lo único que dio pena fue no poder estirarlo más. Salimos de allí flipados y contentos, y esa es la razón por la que decimos que Yakarta merece dos días: no por lo que hay que ver, que es poco, sino por lo que te pasa mientras paseas por la ciudad.